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Jardines de plástico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchos de nosotros soñamos con un jardín lleno de vida donde las abejas zumban alrededor del orégano y la lavanda, la hiedra trepa por la valla cubriéndola de un verde intenso, los tritones asoman y nadan en una pequeña charca y el olor a tierra húmeda después de la lluvia impregna el aire. También soñamos con un pequeño espacio de hierba donde jugar, una pequeña huerta para plantar verduras de temporada, un cerezo que florece en marzo y nos llena el suelo de pétalos… Un pedazo de naturaleza en casa.

He ahí mi sorpresa cuando durante una visita a Bélgica me encuentro con casas con jardines de un verde artificial y uniforme, sin una mala hierba, sin un insecto, sin una imperfección. Jardines que no huelen a nada. ¡Jardines de plástico!  

El astroturf -ese césped artificial que imita la hierba con fibras sintéticas- se ha usado por décadas en estadios de fútbol y pistas deportivas debido a su durabilidad y facilidad de mantenimiento, ya que aguanta miles de pisadas, no necesita riego y resiste el invierno. Lo que antes era una solución industrial para grandes superficies se ha convertido, en los últimos años, en la opción preferida de miles de propietarios particulares para sus jardines privados. Aunque las cifras exactas son difíciles de confirmar, se estima que alrededor del 10% de los jardines en Inglaterra han sido sustituidos por césped artificial. ¿Las razones? La búsqueda de la comodidad absoluta: se acabó el segar cada dos semanas, regar en verano o lidiar con el barro. A cambio, obtienen un “jardín perfecto” durante todo el año y sin ningún esfuerzo. 

El problema es que ese “sin esfuerzo” tiene un coste enorme para el medio ambiente y para nuestra salud. 

Debajo de una lámina de astroturf, el suelo muere de manera lenta, ya que la hierba artificial impide que el agua de lluvia se filtre con normalidad, altera la temperatura del sustrato (que puede llegar a ser hasta 10 grados más alto que en un suelo natural) y rompe el ciclo de materia orgánica que mantiene vivo el ecosistema del suelo. Toda la comunidad invisible que hace posible la vida vegetal, como los microorganismos, los hongos, las lombrices o los escarabajos desaparece en pocos años, convirtiendo el suelo debajo del plástico en un soporte inerte. El problema es aún más directo para los polinizadores como las abejas y mariposas, ya que donde no hay flores ni hierba real, no hay alimento ni hábitat reproductor. 

 

Seguramente el daño más insidioso del astroturf no es el que ocurre debajo, sino el que ocurre encima, y que se expande a todas partes. Las fibras del césped artificial están fabricadas principalmente a partir de polietileno y polipropileno. Con el paso del tiempo, la exposición a los rayos ultravioleta, las lluvias y el uso cotidiano van degradando esas fibras y liberando microplásticos al entorno. Se trata de fragmentos minúsculos, a veces invisibles a simple vista, que el viento dispersa, el agua arrastra hacia las alcantarillas y, desde ahí, hacia los ríos y el mar; o que, simplemente, se quedan en el suelo, acumulándose lentamente. 

 

Los microplásticos están ya en todas partes. En el agua de los ríos, en el suelo de los bosques, en la sangre humana, en la leche materna, en el interior de los peces y en el fondo abisal marino. Aunque los investigadores están aún evaluando el alcance completo de sus efectos sobre la salud humana y los ecosistemas, los datos disponibles hasta el momento no son alentadores, ya que provocan alteraciones hormonales, inflamación crónica y toxicidad para organismos acuáticos. Lo que sí sabemos con certeza es que, una vez en el medio ambiente, los microplásticos no desaparecen. Simplemente se fragmentan en trozos cada vez más pequeños.

Bajo la excusa de un “jardín sin mantenimiento”, estamos convirtiendo nuestros patios traseros en fábricas de microplásticos. 

La paradoja es que el jardín de astroturf que se vende como solución práctica y moderna, es en realidad la opción más dañina para el suelo, los insectos del barrio, el ciclo del agua local y también para todos nosotros como sociedad, ya que acabaremos pagando las horribles consecuencias de la contaminación plástica acumulada. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El jardín de verdad, con sus imperfecciones, sus “malas hierbas”* y su necesidad de atención, es exactamente lo contrario. Cada metro cuadrado de tierra viva filtra agua, captura carbono, alimenta insectos y enfría el ambiente en verano. No hace falta que sea un jardín botánico. Basta con dejar un rincón sin segar para dejar crecer especies autóctonas -o incluso plantarlas-, resistiendo la tentación del verde perfecto.

El sueño del jardín lleno de vida** sigue siendo posible. Solo hay que recordar que la vida y la naturaleza, por definición, son un poco desordenadas. Pero ese es exactamente el punto y la gracia de la naturaleza!


 

*Mala hierba, definición de Google: una mala hierba (o maleza) es cualquier planta que crece de forma silvestre, espontánea o no deseada en un lugar controlado por el ser humano, como cultivos agrícolas, huertos o jardines. Se define comúnmente como "una planta en el lugar equivocado", compitiendo por luz, agua y nutrientes con plantas cultivadas. 

 

Donde la gente ve una mala hierba, yo veo una planta silvestre creciendo, con todo su derecho, donde pertenece. Los dientes de león y los tréboles no solo son bonitos y con flores coloridas y vistosas, sino que son imprescindibles para la fauna local, como los polinizadores. Además, estas plantas mejoran la calidad del suelo y controlan su erosión. Es hora de que cambiemos este constructo social y antropocentrista donde todo lo que no nos sirve directamente, o simplemente nos molesta, lo destruimos sin pensar en las consecuencias.

 

** Para aquellos interesados en jardines naturales. La nueva colección de documentales de David Attenborough, “Secret Gardens”, proporciona ejemplos muy interesantes de cómo los jardines pueden ayudar a la fauna que nos rodea. 

 

 

 

​Un abejorro, polinizador imprescindible, dándose un banquete en un diente de león

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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