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!Porque es tradición!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“A falta de tigres, buenos son jaguares”. La escasez de tigres ha hecho que en los últimos años se dispare la caza ilegal de jaguares para saciar la demanda de partes de felino utilizadas en tradiciones asiáticas. Foto: Maider Iglesias-Carrasco

La tradición ha sido vehículo de transmisión de conocimiento, usos, cultura, valores, ritos y costumbres entre generaciones, perpetuando el pasado hasta el presente, generando identidad y una forma de entender el mundo. 

Nos encontramos ante una crisis ambiental global y, en este contexto, es evidente que muchas tradiciones son incompatibles con el conocimiento científico actual, el bienestar animal o los esfuerzos de conservación. Algunos de estos usos y costumbres ancestrales contribuyen de forma directa a la pérdida de biodiversidad y a la destrucción de ecosistemas. La pregunta es: ¿qué ocurre cuando la tradición se construye ignorando el sufrimiento animal y la masacre de especies en peligro de extinción? La ciencia muestra que la forma en que utilizamos a los animales, tanto domésticos como salvajes, no es neutral desde el punto de vista ecológico, ya que el estrés crónico al que sometemos a muchos de ellos, la selección artificial extrema o la normalización de la explotación intensiva forman parte de una manera de relacionarse con la naturaleza que choca con los principios modernos de conservación. 

El conflicto entre tradición y ciencia se extiende por todo el globo con impacto devastador sobre las poblaciones de animales salvajes. Año tras año masacramos a miles de delfines en cacerías costeras en las Islas Faroe (Dinamarca), capturamos frailecillos de forma masiva y cruel por su carne en Islandia, apaleamos a focas hasta morir por su piel en Canadá y cortamos las aletas de tiburones y los arrojamos, aún vivos, al mar, donde mueren con una terrible y lenta agonía, porque “así se ha hecho siempre”. ¡Así es nuestra especie! Estas matanzas recurrentes tienen efectos mensurables sobre poblaciones de fauna salvaje, muchas de ellas ya presionadas por el cambio climático, la pérdida de hábitat o la contaminación. Las poblaciones de frailecillos, por ejemplo, se han desplomado en algunas regiones hasta un 80% por la falta de alimento, la pesca extensiva y la destrucción del hábitat; todas como consecuencia de la actividad humana, y, a pesar de esto, miles de ellos siguen siendo aniquilados cada año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los buitres tienen muchos usos tradicionales en África, incluyendo medicinales, rituales espirituales y supersticiones. Algunos de los buitres africanos están críticamente amenazados en gran medida por el envenenamiento y la caza ilegal debido a estas prácticas.  Foto: Maider Iglesias-Carrasco

Seguimos obviando los datos científicos y extrayendo continuamente individuos de especies longevas de su hábitat natural, especies con tasas reproductivas bajas como delfines, focas o grandes mamíferos utilizados en la medicina tradicional, comprometiendo la viabilidad y supervivencia de sus poblaciones. Las tradiciones pueden incluso acelerar procesos de declive que posteriormente requieren costosos programas de rescate y conservación para evitar extinciones locales o globales de especies de flora y fauna o de la biodiversidad en su conjunto.

La medicina tradicional china es un ejemplo paradigmático de este choque entre creencia y evidencia científica. A las escamas de pangolín, los cuernos de rinoceronte o los huesos de tigre se les atribuyen propiedades terapéuticas que carecen de base científica. Hoy en día las ocho especies de pangolín que habitan el planeta están clasificadas como amenazadas – dos de ellas de manera crítica – por la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Aún así, millones de individuos han sido arrebatados de sus hábitats en la última década para satisfacer la demanda, por un lado, de escamas de ejemplares adultos como medicina y afrodisíaco, y por otro, de sopa de bebé que alimenta, no sólo el estómago, sino también el ego y estatus social de hombres a quienes, claramente, no se les levanta. Aquí la tradición, además de provocar conscientemente sufrimiento a los animales, inflige un daño irreversible a ecosistemas enteros, alimentando redes de tráfico ilegal y dificultando programas de conservación internacional que requieren décadas de esfuerzo.

 

Es preocupante, a la vez que incomprensible, el argumento que siempre sostiene estas prácticas: lo hacemos ¡porque es tradición! Pero la antigüedad de un comportamiento no lo convierte en sostenible ni compatible con el conocimiento actual. La ciencia aplicada a la conservación se basa en actualizar e implementar las decisiones de una sociedad moderna a medida que comprendemos mejor cómo funcionan los sistemas naturales y cuáles son sus límites. Hoy día sabemos que la biodiversidad es la base del funcionamiento de los ecosistemas de los que dependemos y que la pérdida de especies reduce la resiliencia frente al cambio climático, entre otras. Sabemos también que muchas tradiciones basadas en el uso y explotación intensiva de animales contribuyen significativamente a ese deterioro. Replantearnos estos comportamientos no implica negar la cultura, sino reconocer que ésta, como cualquier sistema complejo, debe adaptarse a nuevas condiciones. ¿De qué sirve hablar de conservación si por motivos culturales se toleran abusos y costumbres claramente contrarias al conocimiento científico?

Históricamente nuestra capacidad para incorporar nuevo conocimiento ha sido un motor clave del progreso y ahora es un momento crucial para que la sociedad humana siga evolucionando. Ya no es una opción relegar la ciencia al último escalón del debate en un mundo donde incluso pequeñas perturbaciones pueden desencadenar impredecibles efectos ecológicos en cascada.

La ciencia nos enseña que los sistemas que no se adaptan, colapsan y ha llegado el momento de aplicar esa lección también a nuestras tradiciones, antes de que el coste ecológico sea irreversible. Si la conservación local y global va a ser algo más que palabrería política, necesitamos poner el conocimiento científico en el centro de la toma de decisiones, especialmente cuando las tradiciones entran en conflicto con la supervivencia de las especies con las que compartimos el planeta. Es decisión nuestra y urgente redefinir qué queda del pasado y qué perdurará en el futuro.

 

 

 

 

 

 

Joven manifestándose en contra de las calesas o coches de caballos en la 

Plaza de España en Sevilla. Foto: Fabio Vallariello.

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